Comparto un devocional recibido de ¡Amén-Amén! que nos hace reflexionar en la afirmación “Oímos sólo lo que queremos oír”

El que tiene oídos para oír, oiga. 
Mateo 11:15.
Estad atentos, y oíd mi voz;
atended, y oíd mi dicho.
Isaías 28:23.
Dos amigos caminaban por una calle concurrida y ruidosa de una ciudad soleada del sur de Francia. Uno de ellos preguntó: –¿Oyes el canto del grillo? –¿Con semejante ruido?, respondió el otro. El primero, un zoólogo, tenía el oído ejercitado para percibir los sonidos de la naturaleza. No contestó nada a su amigo; simplemente dejó caer una moneda. Enseguida varias personas se dieron la vuelta. –Oímos sólo lo que queremos oír, señaló él. 
Nuestro oído, demasiado a menudo aturdido de informaciones, ¿está ejercitado para escuchar la voz de Dios? Atrapados en un torbellino de actividades, corremos el riesgo de permanecer sordos a lo más importante.
Pero, ¿Cómo habla Dios? Lo hace por medio de la naturaleza: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos… No hay lenguaje, ni palabras… Por toda la tierra salió su voz” (Salmo 19:1-4). También nos habla por medio de la Biblia. Tomémonos tiempo para leerla atentamente, sin prejuicios y con el deseo de conocer a Dios. Quedaremos sorprendidos por el resultado.
Ante todo Dios nos habla por su Hijo Jesucristo, a la vez Dios y hombre. Su vida perfecta, su integridad moral, su amor más fuerte que la muerte, nos incitan a confiar en él y a conocerle mejor. Jesús no decepciona a ninguno de los que confían en él, porque a éstos les da lo que nadie más puede ofrecer: la vida eterna.

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