La estrella de plata

Después de la Segunda Guerra Mundial, cierta tarde un hombre paseaba con su pequeño hijo por las calles de una gran ciudad norteamericana. De vez en cuando veían una estrella de plata pegada al vidrio de una ventana iluminada. Esto significaba que esa familia había dado a un hijo que había muerto por la liberación de Europa. Sobre algunas ventanas había hasta dos estrellas de plata: dos hijos habían muerto. Así el niño contaba estas estrellas.

Al proseguir su paseo, entre dos edificios apareció en el cielo la titilante estrella vespertina. El niño exclamó: –Dime, papá, ¿Dios también dio a un hijo? Entonces el padre apretó fuertemente la mano de su niño y emocionado contestó: –Sí, Dios dio a su Hijo unigénito para la salvación de cada uno de nosotros.

Dios sabía cómo los hombres recibirían a su amado Hijo: Un pesebre al nacer y una cruz al morir. Conocía de antemano los celos y el odio de los dirigentes contra él, los insultos, las blasfemias, los golpes y los clavos. Dios lo sabía, sin embargo, dio a su Hijo por la humanidad. Lo dio por amor a nosotros. ¿Puede comprenderse un amor tan grande? Mientras éramos indignos, aborrecibles, enemigos, Dios mostró “su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

¿Somos de aquellos que pueden decir: “Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros”? (1 Juan 4:16)

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